
Desde el inicio del segundo mandato del presidente Donald Trump, Estados Unidos ha sido testigo de una erosión significativa de su infraestructura científica federal. Central a este declive han sido los esfuerzos concertados de la administración para debilitar los cuerpos asesores científicos independientes, culminando notablemente en el reciente despido de miembros clave de la Junta Nacional de Ciencia (NSB). La NSB, que supervisa la Fundación Nacional de Ciencia y proporciona orientación crítica sobre políticas científicas, ha servido durante mucho tiempo como un pilar para la toma de decisiones basada en evidencia en la investigación e innovación estadounidenses.
La eliminación de miembros de la NSB interrumpe la independencia de la junta y genera preocupaciones sobre la politización de la gobernanza científica. Los expertos advierten que marginar tales juntas asesoras socava la capacidad del gobierno federal para mantener estándares científicos rigurosos, afectando en última instancia las políticas en los sectores ambiental, de salud y tecnológico. Este desarrollo ocurre en medio de patrones más amplios observados durante la administración, incluyendo la paralización de la financiación de investigaciones, la cancelación de subvenciones por razones alineadas más con la ideología que con el mérito científico, y el cierre de instalaciones de investigación en todo el país.
Datos de instituciones de investigación destacan una tendencia preocupante: miles de científicos han sido ya desplazados o han dejado agencias federales, lo que ha llevado a una pérdida de conocimiento y capacidad institucional. Científicos líderes y analistas de políticas argumentan que esta erosión del liderazgo científico federal pone en peligro la posición de Estados Unidos como líder global en innovación y perjudica su capacidad para cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) críticos, particularmente aquellos relacionados con la acción climática, la salud y la innovación.
El despido de miembros de la NSB no solo interrumpe los procesos de asesoría científica en curso, sino que también envía un mensaje desalentador a la comunidad científica sobre el valor que se otorga a la experiencia independiente. Tales desarrollos complican los esfuerzos para abordar desafíos globales urgentes, incluyendo la mitigación del cambio climático y las crisis de salud pública. De cara al futuro, restaurar la confianza y reforzar la autonomía de los cuerpos asesores científicos será esencial para alinear la política científica de EE. UU. con los enfoques basados en evidencia necesarios para el desarrollo sostenible y la competitividad global.

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